Una mística ebria
Notas sobre alcoholismo y fe en la obra de Marguerite Duras, escritas para mi club de lectura en abril de 2026
Compartí mesa durante algunas horas con Irene Cuevas. Estábamos en el interior de una masía, y por los altavoces aún no se había colado el tecno que luego reventaría el latido de nuestra noche. «¿Aún te interesan las anunciaciones?», me abordó ella antes de la cena, con cara de saber que sólo con esa pregunta ya podría dejarme anclada al sitio por lo menos hasta la hora de bailar. Le dije que sí y me senté a teorizar un rato, cual escritor macho, ensimismada, sobre por qué creo que el libro que la virgen María lee en todas esas imágenes no es otra cosa que una fábula de sí misma, una surte de profecía autocumplida: la ficción que, a fuerza de somatizar, creó vida, por lo menos, en los siglos y siglos venideros de nuestra fe. Cuando me quedé a gusto, Irene sacó el móvil y buscó en Google una obra muy célebre de Leonora Carrington, y entonces fue ella la que se explayó mostrando conexiones entre ese cuadro y algunas anunciaciones conocidas de la historia del arte italiano. No quiero desvelar aquí, delante de todas vosotras, las originalísimas conclusiones a las que Cuevas llegó —supongo que algún día ella escribirá sobre esto mismo en sus columnas o en sus cuentos—, pero lo cierto es que todas sus teorías cuadraban a la perfección, y los vínculos con la imagen heredada de María nos llevaron a confirmar tanto su sospecha como la mía: una anunciación es una metáfora del acto creativo. O todavía mejor: Leonora Carrington, mucho más allá de su conocido esoterismo o su fascinación con el tarot, más allá de su vinculación al surrealismo —al sueño, al símbolo— fue toda una mística.
Si os cuento esta anécdota personal es sólo porque sin el itinerario de mi amiga por ciertas obras cristianas, quizá yo no me habría atrevido a pensar, algunas horas más tarde y ya desde la soledad de mi cama, en la obra de Marguerite Duras como en la de una escritora mística. Decir «Marguerite Duras y mística» en la misma frase, de hecho, sería para muchos especialistas una suerte de insulto. Asociada al dolor, a lo erótico y a lo experimental; asociada al cuerpo, a la política, a los silencios; asociada al exceso y al éxtasis de la ebriedad, ¿qué tiene eso de místico, se preguntarían algunos? Y yo respondería con más preguntas: ¿dolor?, ¿erotismo?, ¿experimentación?, ¿carne?, ¿ley?, ¿soledad?, ¿alcohol?, ¿locura?, ¿una profunda necesidad de escribir desde el vacío, desde la entraña y desde las profundidades del yo?, ¿no es eso, acaso la mística?, ¿y no habíamos dicho que lo místico, esto es, la iluminación de la creación, es algo que puede llegar a trascender toda institución religiosa y a toda fe?
Fue leyendo La comunidad inconfesable de Maurice Blanchot cuando comencé a entenderlo. Después de un hermoso paseo por la obra de Georges Bataille, autor de La experiencia interior, una obra en la que el filósofo francés quiso desvincular la iluminación de la mística —palabra que para él está demasiado asociada, y para mal, a la religión— Blanchot se aventura a leer a Duras, y específicamente su La enfermedad de la muerte, libro en cuyo título él encuentra resonancias con Kierkegaard. Para quien no conozca en profundidad la trayectoria de Marguerite Duras —¿quizá porque en España su obra está deslavazada en diversas editoriales, a punto de descatalogarse, accesible sólo en librerías de viejo y ausente en bibliotecas más allá de las ultimísimas recuperaciones de Tusquets y Alianza?— diré que La enfermedad de la muerte es un libro que en nuestro país fue editado por La Sonrisa Vertical, esto es, por el sello erótico de tapas rosas en el que también vieron la luz Las edades de Lulú, de Almudena Grandes, y otra larga lista de obras sexuales de la historia de la literatura del siglo XX. ¿La enfermedad de la muerte era entonces una obra sexual? De acuerdo con Maurice Blanchot, no. Para él, se trata de un texto misterioso, que categoriza más bien como bíblico, ¡bíblico!, en su manera de abordar la imposibilidad de conexión entre dos seres humanos cuyos cuerpos se atraen y se repelen a partes iguales —hasta el punto en que Duras habla en muchas ocasiones de la fascinación por las «ganas de matar a un amante», como si para amar hubiera que detestar, manteniendo la naturalidad de nuestra violencia a raya, ¡lo sabréis si habéis leído El amante!—. No hay aquí un erotismo explícitamente carnal, tanto como anímico. Lo erótico está en lo que no se hace, pero se siente. El amor es un chorro incontrolable, que nos deja tan exhaustos como la sed.
Esa sed de Marguerite Duras no es una sed cualquiera, de hecho, es una sed de alcohol, y por lo tanto una sed divina. No hay capítulo de la biografía que le dedico Laura Adler en el que no se vea esta pulsión alcohólica y autodestructiva, que la propia Duras analiza en mi capítulo preferido de La vida material. Quizá los momentos más desasosegantes con respecto a su alcoholismo lleguen en los últimos momentos de la biografía, los que se centran ya en los años ochenta y noventa, en los que Adler va dejando miguitas de su pensamiento a propósito de la imposibilidad de dejar de beber, asociada a la imposibilidad de creer en Dios, y, sin embargo, convertir esa no-creencia en creencia. He aquí su sorpresa y su miedo: ¡puesto que dios no existe Dios, debe creer en él! ¡No creer en Dios es lo que le empuja a beber… para poder buscarlo! ¡La iluminación mística del alcohol es el único consuelo ante la ausencia de Dios! O mejor leamos lo que señala Adler:
Marguerite ha regresado a Neauphle agotada y destrozada, pero continúa bebiendo. Más todavía. “Era espantoso”, dirá la propia Marguerite más adelante.
«Nadie puede sustituir a Dios
Nada puede sustituir el alcohol
Por lo tanto, Dios sigue insustituido»
Marguerite está convencida de que bebe porque sabe que Dios no existe. Marguerite nunca ha sido creyente, ni siquiera de niña. Para ella, los creyentes padecían una especie de tara, de irresponsabilidad. Pero la lectura de Spinoza, Pascal y Ruysbroek le permitió comprender la fe de los místicos. “Lanzan los gritos del no creer.” Aurélia Steiner grita, pide socorro a Dios. De Dios, entonces, Marguerite habla sin cesar, “nos falta un Dios”, “no creo en Dios y eso es una tara, pero no creer en Dios es una creencia”. El alcohol permite establecer contacto con la espiritualidad. “Dios está ausente, pero su lugar está ahí, vacío», dirá en 1990.3 Se emborracha para encontrar “la demencia de la lógica”. Serge y Henri recuerdan una tarde de aquel otoño que Marguerite se pasó bebiendo sin parar, en el tapón de una botella, varios litros de whisky mientras recitaba de carrerilla fragmentos del Eclesiastés. “El alcohol ha sido creado para soportar el vacío del universo, la oscilación de los planetas, su rotación imperturbable en el espacio, su silenciosa indiferencia hacia vuestro dolor”, escribirá en La vida material. El alcohol le permite viajar a unas regiones que jamás había alcanzado hasta entonces, de las que se cree soberana. Le proporciona la ilusión de poder recomponerse y de no padecer los bombardeos de un presente que la hace polvo. “No tengo historia, no tengo vida”.
En un texto titulado L’impérialisme du même et le mysticisme de l’autre e incluido dentro del ensayo colectivo Les archives de Marguerite Duras, la académica Laure Himy-Piéri ya se aventuró, hace una década, a encontrar las conexiones de Duras con el proceso místico, las cuales ella rastreó especialmente en los aforismos del libro Escribir. Para Himy-Piéri, el misticismo de Duras no tiene tanto que ver con una visión religiosa tanto como con una disolución del yo. Si en la escritura y en el lirismo su yo como mujer desaparece en la búsqueda de una creatividad que, de alguna manera, la convierta en otro, la transforme y hasta modifique su género y su vida, entonces eso quiere decir que la escritura para ella es una suerte de proceso mágico por el que bebe de sus referencias y con el que llena el vacío que la ausencia de una figura divina le habría provocado. En palabras de Duras, refiriéndose a su situación de encierro voluntario en su casa —¿al igual que una monja, al igual que una Emily Dickinson en reclusión por y para el pensamiento y la poesía?— para poder escribir la mayoría de sus novelas más reseñables: «Ese extravío de uno mismo por la casa no es nada voluntario. No decía: “Estoy encerrada aquí todos los días del año”. No lo estaba, decirlo hubiera sido falso. Iba a hacer compras, iba al café. Pero, al mismo tiempo, estaba aquí. El pueblo y la casa es lo mismo. Y la mesa frente al estanque. Y la tinta negra. Y el papel blanco es lo mismo. Y en lo que a los libros se refiere, no, de pronto, nunca es lo mismo». Sugiere Himy-Piéri que Duras se sale de sí para huir de su corporalidad, como una mística; que Duras a veces escribe de sí misma sin usar el «yo» como si quisiera ser un «uno», un «nosotros», como una mística; que Duras escribe como si estuviera muerta, hablando de sí misma y a través del tiempo, como si hubiera salido de sí en huida para poder retratarse, como una mística; que la iluminación es una presencia en su teoría sobre la escritura, ¡como una alcohólica y como una mística!
Al decir esto, no puedo evitar acordarme de Cuevas, del tecno, de estar en una fiesta sin beber, de los pájaros del campo, de las vírgenes leyendo y sobre todo de ese cuadro que mi amiga me mostró de Leonora Carrington, en el que vemos a una mujer iluminada, una mujer recibiendo el anuncio de vete tú a saber qué, con una mancha a la izquierda de la pintura, casi como si su autora hubiese querido borrar a Dios —o quizá mostrarlo como la mancha que es— en un acto mágico. Toda iluminación es una mancha que se apodera de nosotros. ¿Cómo no va a ser entonces una mística Marguerite Duras? Basta con leerla. La clave está presente en cada uno de sus párrafos. Porque «un cuerpo alcohólico funciona como una central», nos dice, adelantándose al anuncio, «como un conjunto de compartimentos diferentes comunicados entre sí por la persona entera. El cerebro es el primero que queda atrapado. Me refiero al pensamiento. La felicidad, gracias al pensamiento primero, y luego, al cuerpo. Éste es invadido, empapado poco a poco, y transportado. Es la palabra: transportado. A partir de cierto momento, se puede elegir. Beber hasta la insensibilidad y la pérdida de identidad, o quedarse a las puertas de la felicidad. Morir de algún modo cada día, o bien seguir viviendo». Sea.



Bello
Me ha encantado muchísimo esta reflexión, Luna. Creo que me he leído muchos libros de Duras, pero siempre acabo encontrando más y me has dado toda la curiosidad por buscar ese librito rosa y, por supuesto, de leer a Adler. Marguerite Duras es una escritora fascinante y en todo lo que comentas y recoges de más autores, su libro "El amor" (corto, pero que te duele casi tanto como un corte con el papel) o en otros, deja muchas de estas pinceladas místicas que hasta ahora no había tenido en cuenta. En su lectura da una sensación de rotura constante e invita a que salgas de tu propia corporalidad, a que te leas/veas desde otro sitio. Al final, la otredad es el reflejo y la mística tiene un poco de todo esto. ¡Qué ganas de investigar más sobre estas cuestiones! ✨